BITÁCORA 02
Donde
se relatan las extraordinarias y jamás oídas difíciles situaciones del
gentilhombre cumpleañero cuando les hubo de acaecer en la semana mayor, y de
cómo las vicisitudes apócrifas aquellas son inspiración para espíritus piadosos…
DÍA: -60
CRÓNICAS APÓCRIFAS DE UN VIERNES
SANTO
1.
A mí siempre me ha conmovido la
Semana Santa. Mmmm, en esta época, muchas imágenes se agolpan en la memoria y
siento una especie de estrujamiento del corazoncito, a la par de un estirón y
torsión de los músculos de la espalda. Claro. El cuerpo tiene memoria y
recuerdo siempre los azotes que mi espalda desnuda recibía en las
procesiones… ¿Y esa expresión de
sorpresa? ¿No lo sabía? Y, ¿por qué? Seguramente, usted sí supo que yo llevé
una vida apegada a los rituales cristianos, como lo evidenciaron mis participaciones
infantiles en navidad: de pequeño, y para envidia vuestra, se me contrataba
como Niñodios para los pesebres vivos. Durante siete años, adorné mi desnudez
infantil un sinnúmero de pesebres a los largo de la ciudad…
Pero parece que usted conocía
poco de mi acentuada participación en las procesiones de semana santa. Es que
tenía pinta para eso -le cuento-, para desfilar como Cristo. Obviamente,
siempre en el papel estelar. Así es. Imagínese nomás: a mis veintidós años,
delgado, pero no esmirriado, de porte y caminar altivos, de mirada acogedora
pero enérgica, y como me dejaba crecer la barba durante la cuaresma, un rostro
sereno y espiritual. Realmente, parecía un Cristo de kilates muchos, como
aquellos medievales previos al Renacimiento.
Había cierto esfuerzo en todo
aquello, es necesario que lo conozcan: lecturas de la Biblia durante años, y en
varios idiomas, incluso intentando leer algunos de sus libros en hebreo, hasta
que alguien me dijo que había que leerlo de derecha a izquierda, y no al revés,
y se me arruinó todo lo aprendido en el idioma original.
2.
Bueno, le comento que yo me
tomaba muy a pecho el poder salir en la procesión. Durante semanas, me
preparaba física y psicológicamente para ello. Ser Cristo procesionario no es
para nada fácil y en nada se asemeja a los de Hollywood; menos aún cuando debes
caminar muchas calles y por varias horas, bajo lluvia o sol extremos, rodeado
de feligreses que compiten en su fidelidad espiritual.
Practiqué lo de las procesiones
durante seis años seguidos, el séptimo descansé como corresponde al mandato
bíblico y el resto del tiempo me la he pasado recuperándome de tales esfuerzos.
Es que sí es bien pero bien difícil aquello de ser Cristo de procesión. Una
profesión de alto riesgo. Ya les cuento. Por cierto, por favor, lo que les
comentaré, plis, porfa, no vayan a practicarlo en sus casas ni dejen esta
información al alcance de los niños. Solamente los expertos y de carácter
fuerte y con alto entrenamiento podemos enfrentar con éxito este reto.
Agradezco su comprensión.
(Advertencia: Suspender aquí la
lectura si usted es menor de edad o persona sin criterio formado).
3.
Cada año, todo comenzaba el
miércoles de ceniza. Después del desmadre carnavalesco -eso de, mínimo, mojarse
por fuera y por dentro-, entraba yo en periodo de introspección total, de
meditación: era la cuaresma. Reducía entonces la cantidad de comida a dos y
hasta a una porción diaria, algo no tan difícil en épocas del febrescorderato y
borjismo neoliberales. Nada de excesos ni de fanescas ni de farras ni de besos
ni de... Bien esforzado era ese periodo, pero lo cumplía a cabalidad. Semanas
intensas de penitencia, más que por mis pecados, por los pecados de ustedes… Ya
en el domingo previo, llamado comúnmente ‘domingo de ramos’, no comía nada
porque ese día era, en términos técnicos, mi último domingo por estos lares. Y
ese domingo me era muy doloroso, ¿sabe?, porque ya sabía yo que uno de ustedes
me traicionaría en la semana siguiente. Eso no es fácil de sobrellevar, le
comento. Esa semana era de desconfianza total ante todos los que me rodeaban pues
–fijo- me iba a vender alguien por treinta monedas que, a la cotización de
aquellos años era, redondeando la cifra, de unos tres mil cuatrocientos sucres.
Terrible, ¿no?
Lunes, martes y miércoles santos
los vivía en reflexión y algo de ayuno, pero con mucha disciplina como
corresponde. Llegaba el jueves por la noche y alcanzaba a comer algo, no mucho,
porque, en sentido técnico, usted ya sabe, era la comida última de las últimas,
la final final, y eso sí sacude el alma y el estómago.
Luego, me dirigía entre los
primeros hasta la Iglesia de San Francisco, acá, en Quito, pues allí convergían
todos quienes iban a participar en la procesión de viernes santo que, por
coincidencia, no sé si se habrá dado cuenta usted, siempre cae en un viernes,
lo cual me impresiona todavía. Conocía ya a algunas de las personas en el lugar:
don Manuel, vecino de barrio, que desfilaba como romano centurión; Carlos,
Pedrito,…, 15 a 20 más, de ferviente devoción, para representar a romanos, cucuruchos,
penitentes, marías, verónicas, magdalenas...
A medianoche, ya estaba con mi
atuendo: una túnica y zapatillas, nada más. Pinta de Cristo.
Justo a esa hora, y esto es lo
que nadie sabe, nos apersonábamos ya de los personajes. Los disfrazados de
romanos se volvían romanos de verdad, en porte y gestos y armas. Las magdalenas
se compungían y los penitentes clavaban su mirada en el vacío y vivían su
tragedia con intensidad. En mi caso, ya crísticamente apersonado, de pie, en
medio del patio, experimentaba la soledad del momento mientras miraba que comenzaban
a rodearme los disfrazados de romanos, muchos, ya con sus atuendos y gestos de
furia, hasta cuando de pronto: paff!, que traducido significa: puñetazo al
mentón; luego, yahhhh!, patazo en la oreja, y capum!, golpe de lanza en la
espalda… Comenzaban ya a vivirse los prolegómenos del vía crucis.
En el suelo, a falta de látigo,
tres correazos,…, tacs!, tacs!, pracs!, porque, claro, nunca faltaba aquel que
le ponía empeño con la correa pero con hebilla. Y también comenzaba el escarnio…
Las burlas y el lenguaje procaz en contra de uno, el cristo, sobraban. Uno de
esos años, me levantaba del suelo cuando zas!, bofetada. Y esa vez sí me dolió
porque venía calzándome unas muelas. “Yayay!”, grité, a lo cual el romano del
momento me dijo: “debéis dar la otra mejilla”,… y, como tenía razón en aquello,
zas!, otra vez. Aprendí ese momento que calzarme los dientes debía ser actividad
posterior a aquellas jornadas.
Y así durante horas en la
madrugada, mientras Quito era ciudad apacible y usted, amable lector,
seguramente reposaba sin imaginar lo que ocurría, igual a la historia bíblica.
Claro, había ciertos momentos de respiro… de respiro para los romanos, porque
ellos se hidrataban con agüitas de hierbas -porque en esa época no había
gatorades-, mientras yo, generalmente en el piso, no probaba ningún tipo de
líquido. Éramos muy realistas, por ello cuando otra gente llegaba a las seis de
la mañana, nos miraba tan compenetrados en los papeles, y yo ya estaba golpeado
y algo ensangrentado, que se conmovía y algunos hasta lloraban… Otros, en cambio,
los que nunca faltaban y que iban a desfilar de romanos, llegaban y
fiuuuuuu-pac!, patada voladora en el pobre cristo que era yo. Bueno, esto
también era comprensible pues, en esos años estaba de moda la lucha libre y el
programa de Titanes en el Ring. Tan cierto era esto que, en uno de esos años,
un romano, ni bien llegó en la mañana, me aplicó una ‘doble nelson’ que me
dolió incluso dos meses después de la procesión.
Les cuento: eso sí, una de las
reglas era la de no guardar resentimiento alguno por la interpretación realista
que desarrollábamos. Nuestro espíritu era de penitencia. No he guardado rencor
a nadie, ni a don Manuel, el centurión vecino, a pesar de que durante los años
de procesión que hice se la pasó latigueándome la espalda con fuete, o con
correa de esas antiguas de cuero; también con ortiga y hasta con un látigo
largo que se mandó a traer de España. Fuic! Fuic!, iba el látigo dejando marcas
más profundas en mi espalda y piernas. Y, debo reconocerlo, esos latigazos sí
que me dolieron, al punto de… de desear venganza y que le pase algo al Manuel
centurión… Mmmm, pero por suerte, cuando lo usó en la calle, se le quedó
enredado en los cables de luz y no pudo recuperarlo. No se electrocutó (nunca
los favores son completos), pero fue un milagro. Creo. Todavía puede vérselo
colgado en la calle Sucre. Al látigo, no a don Manuel. En serio. Y sin
resentimientos.
4.
Son las diez de la mañana. El sol
quiteño comienza a extender sus implacables rayos. La procesión inicia su camino. Sale desde la plaza de San
francisco. Lentamente y con cánticos y rezos, cucuruchos, magdalenas, marías,
cristos, romanos,… , caminan por la calle mientras en las aceras, en una
especie de sendero fulminantemente tétrico, las personas se agolpan a mirar,
acompañar, rezar, dolerse por y con los caminantes. Escucho que avanza la
romería. Es mi turno de aparecer. Han
pasado diez horas desde el inicio del calvario. Camino al medio de la plaza.
Propios y extraños admiran mi caminar gallardo, aunque mi túnica esté
destrozada y la sangre descienda por la geografía de mi cuerpo. Me detengo.
Miro a todos con serenidad y la imagen es tan pero tan impactante, que alguna
que otra ancianita estalla en llanto incontrolable.
Es el momento de la corona de
espinas… Respiro profundamente pues eso sí duele, por más mentol chino que me
haya puesto en la cabeza. Un romano decide acercarse, corona en mano. La gente
tiembla. Lo miro imperturbable mientras levanta sus brazos para bajarlos con fuerza.
Tres, dos, uno,… Yayayayayaaay, me digo hacia mis adentros, chuta ayayay.
Tenaz. Yayay. Se suman dos que tres correazos de…de ya saben quién, y mientras
las primeras gotas -no de sudor- comienzan a aparecer en las púas, se me coloca
una cruz gigantesca en mis espaldas. Esas cruces sí que pesan, les comento,
aunque debe reconocerse que estaban hechas de madera fina, lo cual era un
detallito agradable, y porque su color combinaba con el color canela-miel de
mis ojos. (Ojo: uno debe pensar hasta en esos detallitos). Sentir su peso en la
espalda, acomodar los tres metros de madero de un diámetro de veinte
centímetros, no es tarea fácil. Por suerte, la experiencia de cargar cosas me
ayudaba: costales, sillones, quintales, arpas,…, sobre todo arpas, todo ayuda
en un momento de la vida, dicen. Buen refrán.
Avanzo por la primera calle. La
gente se conmueve. Escucho a alguien con desesperación llorar. Por ahí, alguien
me reconoce: ‘ve, es el Marcelo; vele cómo sangra, pobrecito’, y me saluda…
para momentitos después, verle acercarse a un tal Carlos, romano también, y
pasarle unos sucres para que me dé más duro. ¿Creen que no me di cuenta?, pero
no podía hacer nada. Así había gente vengativa…
Sin embargo, una figura
enigmática siempre me acompañó: era el que le llamábamos Cucurucho Enigma. Este
personaje llegaba, todos los años, a las cinco de la mañana, cuando acababan de
cantar los gallos por tercera vez. De color púrpura oscuro, su atuendo tenía la
particularidad de sobresalir sobre el resto de cucuruchos. Llamaba la atención
una protuberancia en su espalda, imposible de disimular, que le daba una
apariencia deforme y, acaso, maligna. Así como tampoco disimulaba su empeño en
los azotes a mi aterido cuerpo, justo, justito en cada punto del vía crucis
quiteño. Luego, se esfumaba entre la multitud que, temerosa, abría paso ante
él.
Bajar por la calle era fácil. Mis
amplios estudios de Dinámica de sólidos me ayudaban: solo era cuestión de
cargar la cruz ubicando su centro de gravedad, sostener con una mano su centro
de inercia, y luego de multiplicar por dos, dividir para el logaritmo de pi y
elevarlo al valor del coeficiente de resistencia del pavimento quiteño, para saber
a qué velocidad debía avanzar y que la resistencia del aire sea la menor y los
movimientos míos sean más aerodinámicos. Fácil. Bueno, no tanto realmente.
Porque las variables independientes e incontrolables de ‘latigazo’, ‘puñete’ y
‘toletazo’ eran variables asintóticas difíciles de calcular en el transcurso de
las horas. Pero hacía el esfuerzo.
Llegaba a la calle Guayaquil. Mi
paso lento, y a veces tambaleante, conmovía a muchos de los congregados a cada
lado de la calle. A otros también,…, aunque más bien los motivaba a ayudar:
"Yo también hago mi propia penitencia –decían-: golpear es mi forma de
sacrificio". ¡Hummm! Y bien sacrificados hubo algunitos. Paff!, paff! Más
allá, capum!, y los fuic!, fuic! que nunca faltaron, llovían como en aguacero
sobre la martirizada humanidad de mi persona. Dura es la tarea de los cristos
procesionarios, les cuento, y poco reconocida también (aunque de eso les
comentaré lueguito). Una vez, recuerdo con precisión, conmovida por mi
situación, se acercó una señora ya mayor extendiendo sus temblorosas manos. Mis
ojos comenzaron a nublarse ante su gesto de amabilidad, de maternal ayuda, de necesaria
solidaridad. Bueno,…, eso creía yo. Inolvidable la señora. “Gracias, gracias”,
le digo, “gracias por acomodarme la corona que ya se me estaba cayendo, y por
sujetarla con fuerza, gracias”.
Sigo avanzando por la calle.
Estoy ya exhausto. Un alma se conmueve y me convida algo de agua; otra, más
allá, quiere convidarme un helado de esos de hielo, pero no puedo aceptarlo. La
historia no habla de helados, ni de gaseosas. No puedo irme en contra de la
tradición. Más todavía cuando nunca faltan los medio desubicados de la
procesión, como ese panita que viéndome sufrir tanto se acercó a ofrecerme ‘una
pitadita’ de su verdoso tabaco… o las familias que posaban junto a mi ya
destartalada persona para tomarse fotos, o los periodistas que se animaban a
hacerme una entrevista, o el pesquisa que al verme tan golpeado y maltratado
pensaba que me había escapado del SIC… Hay que aguantar. Aparece entonces una
muchacha de mirada perturbadora. Se acercó a mí justo cuando llegaba a la Plaza
Grande. Con delicadeza impuso un velo sedoso sobre mi rostro hasta quedarse
empapado como un lienzo. Y se alejó. Eso me impulsó a seguir pues la tradición
se respetaba. Varios metros adelante, la misma mujer con otro pañuelo e igual
acción. Le agradecí nuevamente. Cuadras algunas más adelante, apareció otra vez.
Como diez veces colocó velos distintos sobre mi maltrecho rostro. Tanto le
agradecí a la muchacha por sus gestos hasta…hasta que después me comentaron que
ella había estado vendiendo esos velos a los gringos. Buen negocio, y en
dólares para la época. Terrible, ¿no es cierto?
No quiero abombarle de mayores
detalles. Seguramente la imagen que usted tiene de mi transitar por las calles
de Quito es tan dramática como la que efectivamente la gente en esos años la
contempló. Por ello, siempre fui invitado para la siguiente romería. Era el
invitado estrella de la época. Vea las fotos y filmaciones de esos años. Mi
crística y procesionaria imagen cargando semejante cruz por las calles de esta
pía ciudad incluso recorrió el mundo.
5.
Un día, de eso sí nunca me voy a
olvidar, al bajar por la calle García Moreno, no sé cómo se metió un bus a la
procesión. Llegué a una esquina y me detuve a respirar. El sol había pegado tan
fuerte que los chorros de sangre y sudor se habían endurecido ya sobre mi
espalda cuando, junto a mí, se detuvo el bus y el chofer me miró desafiante.
Nos quedamos mirando. Y acepté el desafío. El semáforo estaba en rojo. El busero
aplastaba el acelerador forzando su máquina. Yo, en español, inglés y arameo,
pedí tranquilidad a la gente. Silencio total. Las personas a ambos lados de la
calle no respiraban. Sin soltar los maderos, me incliné levemente como cuando
iba a arrancar en las carreras colegiales de los 800 metros. Mirada fulminante
y última, compartida, y el semáforo cambia a verde. Rugieron las llantas del
bus y saltaron chispas del cemento cuando mi pique de salida fue descomunal. Y
bajé corriendo por la calle, cargando los maderos obviamente, mientras a mi
izquierda el bus devoraba distancias. Sin amilanarme, aprovechando mis amplios
conocimientos de Dinámica, hice un ligero movimiento, pues era necesario hacerlo
para evitar ser golpeado cuando el busero en desesperación por mi velocidad y
aerodinámica carrera quiso golpearme de lado. Hice un pequeño giro y uno de los
extremos del madero que cargaba, golpeó la llanta posterior del bus,
descolocándolo y haciéndole perder velocidad. La gente no podía creer lo que
pasaba. Seguía corriendo cuando, por detrás, sentí un golpe en la base de la
cruz que cargaba, lo cual me desestabilizó y provocó que hiciera dos vueltas de
campana, arrasando con unas dos docenas de curiosos. Como alcancé a gritar el
grito clásico de precaución: "¡Cuidado con los arrecifeeeessss!", el
número de heridos fue mínimo. A pesar de ello, y dados mis conocimientos de
Dinámica de sólidos, como les contaba, aproveché el impulso y la velocidad para
recuperarme de este aleve golpe típico de busero criminal. La gente deliraba: “¡Cristo,
Cristo!”, gritaban a todo pulmón los feligreses que, momentáneamente olvidaron
sus penas y lanzaron improperios al chofer. Por dos cuadras, hasta casi el
siguiente semáforo, competimos cabeza con cabeza con el bus hasta que, al
faltar pocos metros para la meta propuesta, logré pechar –o sea, sacar pecho-
hasta imponerme por centímetros. La gente que presenció ese duelo deliraba totalmente.
Hubo desmayados y algunos, incluso, persiguieron al chofer que, como era obvio,
se dio a la fuga. Triunfante, aunque molido por el esfuerzo, me derrumbé en esa
esquina por unos momentos. Si usted se fija en la esquina de las calles García
Moreno y Mejía, encontrará en la pared todavía los raspones que mi corona de
espinas hizo al impactarme allí en la frenada final. Inclusive, les cuento,
apareció la chica del pañuelo para colocarlo otra vez en mi rostro. Después,
esperé la llegada del resto de la procesión que, en desorden, corría para
alcanzarme. Luego de sentir unos cuantos fuic!, fuic!, seguí con mi ruta.
Imagen
histórica aparecida en una revista de la época. Se puede apreciar el estado en que
quedó el bus…
6.
Rememorar aquellas
circunstancias, me ha puesto en un estado de ansiedad total, les cuento. Las
cicatrices tatuadas en mi espalda, brazos y piernas, parecen abrirse mientras
los dolores físicos acumulados de esos años han regresado. Como aquel otro
dolor cuando descubrí que las fotos y filmaciones de mi participación
procesionaria fueron vendidas por un tal LFC a un tal Mel Gibson para que haga
una película. ¿Ya la vio? ¿Qué tal? Sí. Una copia burda de mis procesionarias
caminatas, aunque le significaron más de quinientos millones de dólares en
regalías. Y a uno ni siquiera le llegó algo de eso, sniff…
Quedan experiencias sueltas, como
una vez cuando fui a medianoche de un jueves después de merendar una buena
fanesca, y llovieron los paff!, y tacs!! y yahh! en el estómago. Inefable
situación, pero feo espectáculo: tocó limpiar. Desde ese momento, la fanesca la
degusto posterior al viernes santo. O la incómoda situación de que durante
horas no podía hacer uso de un baño, lo cual me ha traído consecuencias
orgánicas complicadas. O las demorosas recuperaciones que duraban meses, lleno
el cuerpo de moretones y costras. O el dolor que de tanto ponerme las coronas
espinosas, destrozaron los folículos pilosos y hoy, todavía joven, mi frondosa
cabellera haya pasado al olvido y tenga una acusada calvicie. O una vez cuando
el fervor fue tan grande que casi me crucifican en medio de la plaza, y pude
escaparme porque ese día de viernes santo, que es feriado, estaban cerradas las
ferreterías y los romanos no pudieron conseguir clavos grandes. Realmente, dura
la vida ha sido para los procesionarios que asumimos responsabilidades
complicadas en nombre de la humanidad, y con poco o casi ningún reconocimiento por
parte de mis congéneres. Por ello, esta semana santa se me presenta como una
nueva oportunidad para comprobar la falta de gratitud de la gente.
Por todo lo anterior, les comento
a todas y todos, con las cicatrices en alma y cuerpo, descreo ya del espíritu
de viernes santo y me apunto más bien al de san viernes. ¿Quién se apunta?
Marcelo Medrano
13-04-2014
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Año 2016 de Nuestro Señor: Con la construcción del Metro de Quito, se procederá a innovar esta ya
clásica romería de viernes santo. En dos o tres años, se la realizará, pero con
un cambio de ruta: a través del túnel del metro, lo cual, según los
mentalizadores, atraerá el turismo y hará del metro un espacio de profunda
espiritualidad (profunda…porque se ubicará a varios metros bajo tierra). He
sido contratado como asesor crístico.
Uno de los brillantes y espirituosos asesores municipales ha planteado
que la carrera entre el bus y el Cristo, citada arriba, se la haga, pero con el
Metro como adversario. Sería algo así como el triunfo del bien sobre el mal. No
lo sé. No he cargado cruces desde hace años y, menos, he corrido con una de
ellas a cuestas. Mmmm, lo he estado pensando… ¿Me tocaría aceptar ese municipal
y espeso reto?
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Apreciado Marcelo, excelente relato y me imagino que se ha vuelto un santo recuerdo...
ResponderEliminarExcelente relato Dios nos ama y siempre nos amará. Muchas gracias por esas palabras q nuestro Señor Jesucristo siempre nos pone para enfrentar cualquier obstáculo. Amén
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