domingo, 13 de abril de 2014

BITÁCORA 02
Donde se relatan las extraordinarias y jamás oídas difíciles situaciones del gentilhombre cumpleañero cuando les hubo de acaecer en la semana mayor, y de cómo las vicisitudes apócrifas aquellas son inspiración para espíritus piadosos…

DÍA: -60
CRÓNICAS APÓCRIFAS DE UN VIERNES SANTO

1.
A mí siempre me ha conmovido la Semana Santa. Mmmm, en esta época, muchas imágenes se agolpan en la memoria y siento una especie de estrujamiento del corazoncito, a la par de un estirón y torsión de los músculos de la espalda. Claro. El cuerpo tiene memoria y recuerdo siempre los azotes que mi espalda desnuda recibía en las procesiones…  ¿Y esa expresión de sorpresa? ¿No lo sabía? Y, ¿por qué? Seguramente, usted sí supo que yo llevé una vida apegada a los rituales cristianos, como lo evidenciaron mis participaciones infantiles en navidad: de pequeño, y para envidia vuestra, se me contrataba como Niñodios para los pesebres vivos. Durante siete años, adorné mi desnudez infantil un sinnúmero de pesebres a los largo de la ciudad…

Pero parece que usted conocía poco de mi acentuada participación en las procesiones de semana santa. Es que tenía pinta para eso -le cuento-, para desfilar como Cristo. Obviamente, siempre en el papel estelar. Así es. Imagínese nomás: a mis veintidós años, delgado, pero no esmirriado, de porte y caminar altivos, de mirada acogedora pero enérgica, y como me dejaba crecer la barba durante la cuaresma, un rostro sereno y espiritual. Realmente, parecía un Cristo de kilates muchos, como aquellos medievales previos al Renacimiento.

Había cierto esfuerzo en todo aquello, es necesario que lo conozcan: lecturas de la Biblia durante años, y en varios idiomas, incluso intentando leer algunos de sus libros en hebreo, hasta que alguien me dijo que había que leerlo de derecha a izquierda, y no al revés, y se me arruinó todo lo aprendido en el idioma original.

2.
Bueno, le comento que yo me tomaba muy a pecho el poder salir en la procesión. Durante semanas, me preparaba física y psicológicamente para ello. Ser Cristo procesionario no es para nada fácil y en nada se asemeja a los de Hollywood; menos aún cuando debes caminar muchas calles y por varias horas, bajo lluvia o sol extremos, rodeado de feligreses que compiten en su fidelidad espiritual.

Practiqué lo de las procesiones durante seis años seguidos, el séptimo descansé como corresponde al mandato bíblico y el resto del tiempo me la he pasado recuperándome de tales esfuerzos. Es que sí es bien pero bien difícil aquello de ser Cristo de procesión. Una profesión de alto riesgo. Ya les cuento. Por cierto, por favor, lo que les comentaré, plis, porfa, no vayan a practicarlo en sus casas ni dejen esta información al alcance de los niños. Solamente los expertos y de carácter fuerte y con alto entrenamiento podemos enfrentar con éxito este reto. Agradezco su comprensión.

(Advertencia: Suspender aquí la lectura si usted es menor de edad o persona sin criterio formado).

3.
Cada año, todo comenzaba el miércoles de ceniza. Después del desmadre carnavalesco -eso de, mínimo, mojarse por fuera y por dentro-, entraba yo en periodo de introspección total, de meditación: era la cuaresma. Reducía entonces la cantidad de comida a dos y hasta a una porción diaria, algo no tan difícil en épocas del febrescorderato y borjismo neoliberales. Nada de excesos ni de fanescas ni de farras ni de besos ni de... Bien esforzado era ese periodo, pero lo cumplía a cabalidad. Semanas intensas de penitencia, más que por mis pecados, por los pecados de ustedes… Ya en el domingo previo, llamado comúnmente ‘domingo de ramos’, no comía nada porque ese día era, en términos técnicos, mi último domingo por estos lares. Y ese domingo me era muy doloroso, ¿sabe?, porque ya sabía yo que uno de ustedes me traicionaría en la semana siguiente. Eso no es fácil de sobrellevar, le comento. Esa semana era de desconfianza total ante todos los que me rodeaban pues –fijo- me iba a vender alguien por treinta monedas que, a la cotización de aquellos años era, redondeando la cifra, de unos tres mil cuatrocientos sucres. Terrible, ¿no?

Lunes, martes y miércoles santos los vivía en reflexión y algo de ayuno, pero con mucha disciplina como corresponde. Llegaba el jueves por la noche y alcanzaba a comer algo, no mucho, porque, en sentido técnico, usted ya sabe, era la comida última de las últimas, la final final, y eso sí sacude el alma y el estómago.

Luego, me dirigía entre los primeros hasta la Iglesia de San Francisco, acá, en Quito, pues allí convergían todos quienes iban a participar en la procesión de viernes santo que, por coincidencia, no sé si se habrá dado cuenta usted, siempre cae en un viernes, lo cual me impresiona todavía. Conocía ya a algunas de las personas en el lugar: don Manuel, vecino de barrio, que desfilaba como romano centurión; Carlos, Pedrito,…, 15 a 20 más, de ferviente devoción, para representar a romanos, cucuruchos, penitentes, marías, verónicas, magdalenas...

A medianoche, ya estaba con mi atuendo: una túnica y zapatillas, nada más. Pinta de Cristo.

Justo a esa hora, y esto es lo que nadie sabe, nos apersonábamos ya de los personajes. Los disfrazados de romanos se volvían romanos de verdad, en porte y gestos y armas. Las magdalenas se compungían y los penitentes clavaban su mirada en el vacío y vivían su tragedia con intensidad. En mi caso, ya crísticamente apersonado, de pie, en medio del patio, experimentaba la soledad del momento mientras miraba que comenzaban a rodearme los disfrazados de romanos, muchos, ya con sus atuendos y gestos de furia, hasta cuando de pronto: paff!, que traducido significa: puñetazo al mentón; luego, yahhhh!, patazo en la oreja, y capum!, golpe de lanza en la espalda… Comenzaban ya a vivirse los prolegómenos del vía crucis.

En el suelo, a falta de látigo, tres correazos,…, tacs!, tacs!, pracs!, porque, claro, nunca faltaba aquel que le ponía empeño con la correa pero con hebilla. Y también comenzaba el escarnio… Las burlas y el lenguaje procaz en contra de uno, el cristo, sobraban. Uno de esos años, me levantaba del suelo cuando zas!, bofetada. Y esa vez sí me dolió porque venía calzándome unas muelas. “Yayay!”, grité, a lo cual el romano del momento me dijo: “debéis dar la otra mejilla”,… y, como tenía razón en aquello, zas!, otra vez. Aprendí ese momento que calzarme los dientes debía ser actividad posterior a aquellas jornadas.

Y así durante horas en la madrugada, mientras Quito era ciudad apacible y usted, amable lector, seguramente reposaba sin imaginar lo que ocurría, igual a la historia bíblica. Claro, había ciertos momentos de respiro… de respiro para los romanos, porque ellos se hidrataban con agüitas de hierbas -porque en esa época no había gatorades-, mientras yo, generalmente en el piso, no probaba ningún tipo de líquido. Éramos muy realistas, por ello cuando otra gente llegaba a las seis de la mañana, nos miraba tan compenetrados en los papeles, y yo ya estaba golpeado y algo ensangrentado, que se conmovía y algunos hasta lloraban… Otros, en cambio, los que nunca faltaban y que iban a desfilar de romanos, llegaban y fiuuuuuu-pac!, patada voladora en el pobre cristo que era yo. Bueno, esto también era comprensible pues, en esos años estaba de moda la lucha libre y el programa de Titanes en el Ring. Tan cierto era esto que, en uno de esos años, un romano, ni bien llegó en la mañana, me aplicó una ‘doble nelson’ que me dolió incluso dos meses después de la procesión.

Les cuento: eso sí, una de las reglas era la de no guardar resentimiento alguno por la interpretación realista que desarrollábamos. Nuestro espíritu era de penitencia. No he guardado rencor a nadie, ni a don Manuel, el centurión vecino, a pesar de que durante los años de procesión que hice se la pasó latigueándome la espalda con fuete, o con correa de esas antiguas de cuero; también con ortiga y hasta con un látigo largo que se mandó a traer de España. Fuic! Fuic!, iba el látigo dejando marcas más profundas en mi espalda y piernas. Y, debo reconocerlo, esos latigazos sí que me dolieron, al punto de… de desear venganza y que le pase algo al Manuel centurión… Mmmm, pero por suerte, cuando lo usó en la calle, se le quedó enredado en los cables de luz y no pudo recuperarlo. No se electrocutó (nunca los favores son completos), pero fue un milagro. Creo. Todavía puede vérselo colgado en la calle Sucre. Al látigo, no a don Manuel. En serio. Y sin resentimientos.

4.
Son las diez de la mañana. El sol quiteño comienza a extender sus implacables rayos. La procesión  inicia su camino. Sale desde la plaza de San francisco. Lentamente y con cánticos y rezos, cucuruchos, magdalenas, marías, cristos, romanos,… , caminan por la calle mientras en las aceras, en una especie de sendero fulminantemente tétrico, las personas se agolpan a mirar, acompañar, rezar, dolerse por y con los caminantes. Escucho que avanza la romería. Es mi turno de aparecer.  Han pasado diez horas desde el inicio del calvario. Camino al medio de la plaza. Propios y extraños admiran mi caminar gallardo, aunque mi túnica esté destrozada y la sangre descienda por la geografía de mi cuerpo. Me detengo. Miro a todos con serenidad y la imagen es tan pero tan impactante, que alguna que otra ancianita estalla en llanto incontrolable.

Es el momento de la corona de espinas… Respiro profundamente pues eso sí duele, por más mentol chino que me haya puesto en la cabeza. Un romano decide acercarse, corona en mano. La gente tiembla. Lo miro imperturbable mientras levanta sus brazos para bajarlos con fuerza. Tres, dos, uno,… Yayayayayaaay, me digo hacia mis adentros, chuta ayayay. Tenaz. Yayay. Se suman dos que tres correazos de…de ya saben quién, y mientras las primeras gotas -no de sudor- comienzan a aparecer en las púas, se me coloca una cruz gigantesca en mis espaldas. Esas cruces sí que pesan, les comento, aunque debe reconocerse que estaban hechas de madera fina, lo cual era un detallito agradable, y porque su color combinaba con el color canela-miel de mis ojos. (Ojo: uno debe pensar hasta en esos detallitos). Sentir su peso en la espalda, acomodar los tres metros de madero de un diámetro de veinte centímetros, no es tarea fácil. Por suerte, la experiencia de cargar cosas me ayudaba: costales, sillones, quintales, arpas,…, sobre todo arpas, todo ayuda en un momento de la vida, dicen. Buen refrán.

Avanzo por la primera calle. La gente se conmueve. Escucho a alguien con desesperación llorar. Por ahí, alguien me reconoce: ‘ve, es el Marcelo; vele cómo sangra, pobrecito’, y me saluda… para momentitos después, verle acercarse a un tal Carlos, romano también, y pasarle unos sucres para que me dé más duro. ¿Creen que no me di cuenta?, pero no podía hacer nada. Así había gente vengativa…

Sin embargo, una figura enigmática siempre me acompañó: era el que le llamábamos Cucurucho Enigma. Este personaje llegaba, todos los años, a las cinco de la mañana, cuando acababan de cantar los gallos por tercera vez. De color púrpura oscuro, su atuendo tenía la particularidad de sobresalir sobre el resto de cucuruchos. Llamaba la atención una protuberancia en su espalda, imposible de disimular, que le daba una apariencia deforme y, acaso, maligna. Así como tampoco disimulaba su empeño en los azotes a mi aterido cuerpo, justo, justito en cada punto del vía crucis quiteño. Luego, se esfumaba entre la multitud que, temerosa, abría paso ante él.

Bajar por la calle era fácil. Mis amplios estudios de Dinámica de sólidos me ayudaban: solo era cuestión de cargar la cruz ubicando su centro de gravedad, sostener con una mano su centro de inercia, y luego de multiplicar por dos, dividir para el logaritmo de pi y elevarlo al valor del coeficiente de resistencia del pavimento quiteño, para saber a qué velocidad debía avanzar y que la resistencia del aire sea la menor y los movimientos míos sean más aerodinámicos. Fácil. Bueno, no tanto realmente. Porque las variables independientes e incontrolables de ‘latigazo’, ‘puñete’ y ‘toletazo’ eran variables asintóticas difíciles de calcular en el transcurso de las horas. Pero hacía el esfuerzo.

Llegaba a la calle Guayaquil. Mi paso lento, y a veces tambaleante, conmovía a muchos de los congregados a cada lado de la calle. A otros también,…, aunque más bien los motivaba a ayudar: "Yo también hago mi propia penitencia –decían-: golpear es mi forma de sacrificio". ¡Hummm! Y bien sacrificados hubo algunitos. Paff!, paff! Más allá, capum!, y los fuic!, fuic! que nunca faltaron, llovían como en aguacero sobre la martirizada humanidad de mi persona. Dura es la tarea de los cristos procesionarios, les cuento, y poco reconocida también (aunque de eso les comentaré lueguito). Una vez, recuerdo con precisión, conmovida por mi situación, se acercó una señora ya mayor extendiendo sus temblorosas manos. Mis ojos comenzaron a nublarse ante su gesto de amabilidad, de maternal ayuda, de necesaria solidaridad. Bueno,…, eso creía yo. Inolvidable la señora. “Gracias, gracias”, le digo, “gracias por acomodarme la corona que ya se me estaba cayendo, y por sujetarla con fuerza, gracias”.

Sigo avanzando por la calle. Estoy ya exhausto. Un alma se conmueve y me convida algo de agua; otra, más allá, quiere convidarme un helado de esos de hielo, pero no puedo aceptarlo. La historia no habla de helados, ni de gaseosas. No puedo irme en contra de la tradición. Más todavía cuando nunca faltan los medio desubicados de la procesión, como ese panita que viéndome sufrir tanto se acercó a ofrecerme ‘una pitadita’ de su verdoso tabaco… o las familias que posaban junto a mi ya destartalada persona para tomarse fotos, o los periodistas que se animaban a hacerme una entrevista, o el pesquisa que al verme tan golpeado y maltratado pensaba que me había escapado del SIC… Hay que aguantar. Aparece entonces una muchacha de mirada perturbadora. Se acercó a mí justo cuando llegaba a la Plaza Grande. Con delicadeza impuso un velo sedoso sobre mi rostro hasta quedarse empapado como un lienzo. Y se alejó. Eso me impulsó a seguir pues la tradición se respetaba. Varios metros adelante, la misma mujer con otro pañuelo e igual acción. Le agradecí nuevamente. Cuadras algunas más adelante, apareció otra vez. Como diez veces colocó velos distintos sobre mi maltrecho rostro. Tanto le agradecí a la muchacha por sus gestos hasta…hasta que después me comentaron que ella había estado vendiendo esos velos a los gringos. Buen negocio, y en dólares para la época. Terrible, ¿no es cierto?

No quiero abombarle de mayores detalles. Seguramente la imagen que usted tiene de mi transitar por las calles de Quito es tan dramática como la que efectivamente la gente en esos años la contempló. Por ello, siempre fui invitado para la siguiente romería. Era el invitado estrella de la época. Vea las fotos y filmaciones de esos años. Mi crística y procesionaria imagen cargando semejante cruz por las calles de esta pía ciudad incluso recorrió el mundo.

5.
Un día, de eso sí nunca me voy a olvidar, al bajar por la calle García Moreno, no sé cómo se metió un bus a la procesión. Llegué a una esquina y me detuve a respirar. El sol había pegado tan fuerte que los chorros de sangre y sudor se habían endurecido ya sobre mi espalda cuando, junto a mí, se detuvo el bus y el chofer me miró desafiante. Nos quedamos mirando. Y acepté el desafío. El semáforo estaba en rojo. El busero aplastaba el acelerador forzando su máquina. Yo, en español, inglés y arameo, pedí tranquilidad a la gente. Silencio total. Las personas a ambos lados de la calle no respiraban. Sin soltar los maderos, me incliné levemente como cuando iba a arrancar en las carreras colegiales de los 800 metros. Mirada fulminante y última, compartida, y el semáforo cambia a verde. Rugieron las llantas del bus y saltaron chispas del cemento cuando mi pique de salida fue descomunal. Y bajé corriendo por la calle, cargando los maderos obviamente, mientras a mi izquierda el bus devoraba distancias. Sin amilanarme, aprovechando mis amplios conocimientos de Dinámica, hice un ligero movimiento, pues era necesario hacerlo para evitar ser golpeado cuando el busero en desesperación por mi velocidad y aerodinámica carrera quiso golpearme de lado. Hice un pequeño giro y uno de los extremos del madero que cargaba, golpeó la llanta posterior del bus, descolocándolo y haciéndole perder velocidad. La gente no podía creer lo que pasaba. Seguía corriendo cuando, por detrás, sentí un golpe en la base de la cruz que cargaba, lo cual me desestabilizó y provocó que hiciera dos vueltas de campana, arrasando con unas dos docenas de curiosos. Como alcancé a gritar el grito clásico de precaución: "¡Cuidado con los arrecifeeeessss!", el número de heridos fue mínimo. A pesar de ello, y dados mis conocimientos de Dinámica de sólidos, como les contaba, aproveché el impulso y la velocidad para recuperarme de este aleve golpe típico de busero criminal. La gente deliraba: “¡Cristo, Cristo!”, gritaban a todo pulmón los feligreses que, momentáneamente olvidaron sus penas y lanzaron improperios al chofer. Por dos cuadras, hasta casi el siguiente semáforo, competimos cabeza con cabeza con el bus hasta que, al faltar pocos metros para la meta propuesta, logré pechar –o sea, sacar pecho- hasta imponerme por centímetros. La gente que presenció ese duelo deliraba totalmente. Hubo desmayados y algunos, incluso, persiguieron al chofer que, como era obvio, se dio a la fuga. Triunfante, aunque molido por el esfuerzo, me derrumbé en esa esquina por unos momentos. Si usted se fija en la esquina de las calles García Moreno y Mejía, encontrará en la pared todavía los raspones que mi corona de espinas hizo al impactarme allí en la frenada final. Inclusive, les cuento, apareció la chica del pañuelo para colocarlo otra vez en mi rostro. Después, esperé la llegada del resto de la procesión que, en desorden, corría para alcanzarme. Luego de sentir unos cuantos fuic!, fuic!, seguí con mi ruta.


Imagen histórica aparecida en una revista de la época. Se puede apreciar el estado en que quedó el bus…


6.
Rememorar aquellas circunstancias, me ha puesto en un estado de ansiedad total, les cuento. Las cicatrices tatuadas en mi espalda, brazos y piernas, parecen abrirse mientras los dolores físicos acumulados de esos años han regresado. Como aquel otro dolor cuando descubrí que las fotos y filmaciones de mi participación procesionaria fueron vendidas por un tal LFC a un tal Mel Gibson para que haga una película. ¿Ya la vio? ¿Qué tal? Sí. Una copia burda de mis procesionarias caminatas, aunque le significaron más de quinientos millones de dólares en regalías. Y a uno ni siquiera le llegó algo de eso, sniff…

Quedan experiencias sueltas, como una vez cuando fui a medianoche de un jueves después de merendar una buena fanesca, y llovieron los paff!, y tacs!! y yahh! en el estómago. Inefable situación, pero feo espectáculo: tocó limpiar. Desde ese momento, la fanesca la degusto posterior al viernes santo. O la incómoda situación de que durante horas no podía hacer uso de un baño, lo cual me ha traído consecuencias orgánicas complicadas. O las demorosas recuperaciones que duraban meses, lleno el cuerpo de moretones y costras. O el dolor que de tanto ponerme las coronas espinosas, destrozaron los folículos pilosos y hoy, todavía joven, mi frondosa cabellera haya pasado al olvido y tenga una acusada calvicie. O una vez cuando el fervor fue tan grande que casi me crucifican en medio de la plaza, y pude escaparme porque ese día de viernes santo, que es feriado, estaban cerradas las ferreterías y los romanos no pudieron conseguir clavos grandes. Realmente, dura la vida ha sido para los procesionarios que asumimos responsabilidades complicadas en nombre de la humanidad, y con poco o casi ningún reconocimiento por parte de mis congéneres. Por ello, esta semana santa se me presenta como una nueva oportunidad para comprobar la falta de gratitud de la gente.

Por todo lo anterior, les comento a todas y todos, con las cicatrices en alma y cuerpo, descreo ya del espíritu de viernes santo y me apunto más bien al de san viernes. ¿Quién se apunta?


Marcelo Medrano
13-04-2014


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Año 2016 de Nuestro Señor: Con la construcción del Metro de Quito, se procederá a innovar esta ya clásica romería de viernes santo. En dos o tres años, se la realizará, pero con un cambio de ruta: a través del túnel del metro, lo cual, según los mentalizadores, atraerá el turismo y hará del metro un espacio de profunda espiritualidad (profunda…porque se ubicará a varios metros bajo tierra). He sido contratado como asesor crístico.
Uno de los brillantes y espirituosos asesores municipales ha planteado que la carrera entre el bus y el Cristo, citada arriba, se la haga, pero con el Metro como adversario. Sería algo así como el triunfo del bien sobre el mal. No lo sé. No he cargado cruces desde hace años y, menos, he corrido con una de ellas a cuestas. Mmmm, lo he estado pensando… ¿Me tocaría aceptar ese municipal y espeso reto?
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