miércoles, 24 de diciembre de 2014

BITÁCORA 05

MICRO-BIOGRAFÍA DE NIÑODIOS

Navideña amiga, navideño amigo:

El sentido del momento en este 24 de diciembre: miradas y expresiones de ansiedad, en las calles largas de esta época –obviamente- navideña, ante la llegada inminente de la compra y del obsequio: intercambiar regalos por (a veces) amor, parece rutina anual desgastante para innúmeras personas…

Como es de su conocimiento, mi cercanía con los verdaderos sentimientos cristianos –de Cristo- es muy cercana, y no pasa solamente por mi colaboración en viernes santo como uno de los más venerados Cristos azotados (leer Bitácora 02, en este mismo blog). Es parte de mi infancia, de aquella edad en la cual los pesebres y los Noeles y los niñosdios eran acuciantes e ingenuas esperanzas decembrinas. Y, claro, no recuerdo si alguna vez les comenté que me consideraron siempre para ser Niñodios en los pesebres…

Hummm, es en serio, no miento. ¡Bien sacrificado era yo para mantener el espíritu navideño! Les cuento que, llegado diciembre, en un pesebre, desde las siete de la noche hasta la una de la madrugada, los vecinos y feligreses me llevaban a recorrer las casas del vecindario mientras cantaban villancicos y novenas… y bien lluchitico me tenían siempre, lo cual es obvio: los Niñodios venimos al mundo desnudos (por si no lo sabía). Pero, diciembre es invierno en estas tierras. Viento y lluvias alteraban la tranquilidad de los cantos y entumecían los sonrosados y acolchados músculos infantiles míos; y como Niñodios no podía tomar café o canelazos para calentarme (¿acaso ha visto a los niños divinos tomar algún líquido en sus helados pesebres?), lloraba mucho; sin embargo, lo que para mí era hambre, sed y sueño, para los creyentes era sinónimo de mucha vida en el pesebre, y celebraban mi llanto, ellos sí, con alguna bebida caliente... Así, por horas.

Y eso de estar desnudito era cosa de bien machos: los Niñosdios hemos aprendido a recostarnos lluchos sobre paja seca, viruta de madera y hasta leña. Pónganse en mi lugar: el intentar darme la vuelta en tan sutiles cunas para acomodarme dejó ligeros surcos en mi cada vez menos sonrosada piel, ¡surcos que todavía pueden verse en mi espalda! (obvio: todo Niñodios que se precie debe tener huellas del maltrato humano de ustedes). ¡Y no se diga cuando los creyentes se acercaban al pesebre con los cirios y las velitas encendidas! Al inclinarse a admirar la belleza natural y deslumbrante que poseía yo -digno serafín latino-, se inclinaban también con aquellas velas y cirios y siempre dejaban derramar inmensas gotas de cera líquida sobre la ya no tan rosada sino roja piel de Niñodios, hasta que una noche, de tan quemado y rojo que estaba yo, una señora en casi éxtasis navideño gritó: -¡qué lindo ese Papanoel chiquito!

No quiero generarles envidia, pero ¿acaso ustedes alguna vez fueron requeridos durante siete años para ser Niñodios de pesebre? ¡Siete años! ¡Es verdad, debo reconocer que tanta era la demanda y tan bello era yo que mi calendario de presentaciones se extendía hasta febrero! Imagínense: la única vez en la historia de celebraciones cristianas que los cristianos, con tiquetes sellados y autorizados -para evitar la piratería- esperaban su turno para poder pasearme, en enero y febrero, por sus calles y barrios, y llevarme a sus pesebres y orar las novenas (incluso hubo veces en que, de la emoción alcanzada, hasta se repitieron todo el repertorio novenario por horas enteras). 

Sin embargo -y aquí viene la parte dolorosa del asunto, sniff-, a los siete años de edad, había crecido yo y no alcanzaba ya en los pesebres, lo cual exigió de mí una especial elasticidad para contorsionar mi aterido cuerpo y poder entrar en los apretados arreglos pesebreros. Sufrí mucho y caí en el olvido, literalmente hablando, porque la última vez, mientras acomodaba mis extremidades en un suelo de paja irritante, hube de caerme en la parte posterior del arreglo navideño... pensaron que me habían llevado a visitar las casas del vecindario en procesión, y permanecí atascado entre dos cajones por algunas horas.

Obviamente, debo aclarar, esta profesión que practicaba yo como Niñodios debe considerarse de ‘alto riesgo’, junto al paracaidismo con paraguas y el submarinismo con soga al cuello. Una vez, por ejemplo, estaba en un pesebre ‘vivo’ con una vaca y un burro y unas dos ovejitas, todos traídos del campo el día anterior, a los cuales, sin embargo, no les habían alimentado bien... un desesperado vecino pudo, agarrándome de un brazo, arrebatarle a la vaca su bocado cuando ésta ya me tenía tragado medio cuerpo adentro… En ese tira y afloja entre la vaca y el vecino, venció el vecino, pero al costo extremo de que mi brazo izquierdo es 8 centímetros más largo que el derecho. Problema extremo, como ustedes en su sapiencia imaginarán, cuando en la escuela debía usar el uniforme o como cuando tenía que aplaudir por cualquier razón.

Por delicadeza, no puedo contarles otros episodios terribles de mi infantil trajinar como divino niño…, como cuando, en emoción religiosa, un párroco me bañó, a las doce de la noche de un 24, con agua bendita, pero helada. ¡Claro, a esas horas, las benditas aguas no están ni siquiera tibias!

Decidí, por salud, dejar de practicar uno de los oficios menos reconocidos, mal remunerados y más arriesgados en el mundo, por lo que cuando ustedes, navideñas amigas y navideños y jolgorientos amigos, van de compras o se reúnen en el canto navideño, yo, como ex-Niñodios, recuerdo el desamor del género humano.


Marcelo Medrano Hurtado

(24 diciembre 2014)