BITÁCORA 05
MICRO-BIOGRAFÍA DE NIÑODIOS
MICRO-BIOGRAFÍA DE NIÑODIOS
Navideña amiga, navideño amigo:
El sentido del momento en este 24 de diciembre: miradas y expresiones de ansiedad,
en las calles largas de esta época –obviamente- navideña, ante la llegada
inminente de la compra y del obsequio: intercambiar regalos por (a veces) amor,
parece rutina anual desgastante para innúmeras personas…
Como es de su conocimiento, mi cercanía con los verdaderos sentimientos
cristianos –de Cristo- es muy cercana, y no pasa solamente por mi colaboración
en viernes santo como uno de los más venerados Cristos azotados (leer Bitácora
02, en este mismo blog). Es parte de mi infancia, de aquella edad en la cual
los pesebres y los Noeles y los niñosdios eran acuciantes e ingenuas esperanzas
decembrinas. Y, claro, no recuerdo si alguna vez les comenté que me
consideraron siempre para ser Niñodios en los pesebres…
Hummm, es en serio, no miento. ¡Bien sacrificado era yo para
mantener el espíritu navideño! Les cuento que, llegado diciembre, en un
pesebre, desde las siete de la noche hasta la una de la madrugada, los vecinos
y feligreses me llevaban a recorrer las casas del vecindario mientras cantaban
villancicos y novenas… y bien lluchitico me tenían siempre, lo cual es obvio:
los Niñodios venimos al mundo desnudos (por si no lo sabía). Pero, diciembre
es invierno en estas tierras. Viento y lluvias alteraban la tranquilidad de los
cantos y entumecían los sonrosados y acolchados músculos infantiles míos; y como Niñodios no
podía tomar café o canelazos para calentarme (¿acaso ha visto a los niños
divinos tomar algún líquido en sus helados pesebres?), lloraba mucho; sin
embargo, lo que para mí era hambre, sed y sueño, para los creyentes era sinónimo de
mucha vida en el pesebre, y celebraban mi llanto, ellos sí, con alguna bebida caliente... Así, por horas.
Y eso de estar desnudito era cosa de bien machos: los
Niñosdios hemos aprendido a recostarnos lluchos sobre paja seca, viruta de madera
y hasta leña. Pónganse en mi lugar: el intentar darme la vuelta en tan sutiles
cunas para acomodarme dejó ligeros surcos en mi cada vez menos sonrosada piel,
¡surcos que todavía pueden verse en mi espalda! (obvio: todo Niñodios que se
precie debe tener huellas del maltrato humano de ustedes). ¡Y no se diga cuando
los creyentes se acercaban al pesebre con los cirios y las velitas encendidas!
Al inclinarse a admirar la belleza natural y deslumbrante que poseía yo -digno serafín latino-, se
inclinaban también con aquellas velas y cirios y siempre dejaban derramar inmensas gotas de cera líquida sobre la ya no tan rosada sino roja piel de Niñodios,
hasta que una noche, de tan quemado y rojo que estaba yo, una señora en casi
éxtasis navideño gritó: -¡qué lindo ese Papanoel chiquito!
No quiero generarles envidia, pero ¿acaso ustedes alguna vez fueron
requeridos durante siete años para ser Niñodios de pesebre? ¡Siete años! ¡Es
verdad, debo reconocer que tanta era la demanda y tan bello era yo que mi
calendario de presentaciones se extendía hasta febrero! Imagínense: la única
vez en la historia de celebraciones cristianas que los cristianos, con tiquetes
sellados y autorizados -para evitar la piratería- esperaban su turno para poder
pasearme, en enero y febrero, por sus calles y barrios, y llevarme a sus pesebres y orar las novenas
(incluso hubo veces en que, de la emoción alcanzada, hasta se repitieron todo el repertorio novenario por
horas enteras).
Sin embargo -y aquí viene la parte dolorosa del asunto, sniff-,
a los siete años de edad, había crecido yo y no alcanzaba ya en los pesebres,
lo cual exigió de mí una especial elasticidad para contorsionar mi aterido
cuerpo y poder entrar en los apretados arreglos pesebreros. Sufrí mucho y caí
en el olvido, literalmente hablando, porque la última vez, mientras acomodaba
mis extremidades en un suelo de paja irritante, hube de caerme en la parte
posterior del arreglo navideño... pensaron que me habían llevado a visitar las
casas del vecindario en procesión, y permanecí atascado entre dos cajones por
algunas horas.
Obviamente, debo aclarar, esta profesión que practicaba yo
como Niñodios debe considerarse de ‘alto riesgo’, junto al paracaidismo con
paraguas y el submarinismo con soga al cuello. Una vez, por ejemplo, estaba en
un pesebre ‘vivo’ con una vaca y un burro y unas dos ovejitas, todos traídos del
campo el día anterior, a los cuales, sin embargo, no les habían alimentado bien... un
desesperado vecino pudo, agarrándome de un brazo, arrebatarle a la vaca su bocado
cuando ésta ya me tenía tragado medio cuerpo adentro… En ese tira y afloja entre
la vaca y el vecino, venció el vecino, pero al costo extremo de que mi brazo izquierdo
es 8 centímetros más largo que el derecho. Problema extremo, como ustedes en su
sapiencia imaginarán, cuando en la escuela debía usar el uniforme o como cuando
tenía que aplaudir por cualquier razón.
Por delicadeza, no puedo contarles otros episodios terribles
de mi infantil trajinar como divino niño…, como cuando, en emoción religiosa,
un párroco me bañó, a las doce de la noche de un 24, con agua bendita, pero
helada. ¡Claro, a esas horas, las benditas aguas no están ni siquiera tibias!
Decidí, por salud, dejar de practicar uno de los oficios
menos reconocidos, mal remunerados y más arriesgados en el mundo, por lo que
cuando ustedes, navideñas amigas y navideños y jolgorientos amigos, van de
compras o se reúnen en el canto navideño, yo, como ex-Niñodios, recuerdo el
desamor del género humano.
Marcelo Medrano Hurtado
(24 diciembre 2014)